"Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de piedras... bullía... -Puktiq yawar rumi!- exclamé: -¡piedra de sangre hirviente!" LOS RÍOS PROFUNDOS
a Benjamín y a Héctor, en qué ríos...
oooooooooooooooooooooo
Desde el sílice antiguo, innumerable, el que frotan los vientos oooooooooooodel inicio del tiempo, el que lamen la lluvia y los meteoros, el que sombrío alcanza oooooooooooosus escamas al sol, vienen la rocas vivas cumpliendo su goteo, oooooooooooosu desgrane de sal, su silenciosa entrega en los torrentes, ooooooooooooen los riscos sin sol, en la tiniebla densa de las tardes que han sido y que serán por los jamases más lineales que nunca entre los mundos que navegan en silente derrota...
Desde antiguo amanecen y se acercan ooooooooal cielo perforado y sostenido por el canto sutil de la calandria o se abisman en gozo dolorido hacia las aguas vivas oooooooodel proceloso mar, o a la maraña densa de las grutas que lloran sus cristales en la entraña más viva aún que el latido del día, oooofirmes en su puntual asimetría de secretos espejos que gobiernan la concreción simétrica del mundo... sueltas en su apagado, humilde curso del agua que acaricia, transparente, la más humilde aún oooooooooooooocama de guijas -colorida y traslúcida- oooooodel arroyo sutil oooooooooooopretioso ed casto...
O firme y suelta a la vez ooooooooooooen la candente lava que baja airada la montaña para grabar los vientos nunca escritos en la blanda arboleda o en el alma... Discreta y grávida oooooooooooooolágrima de tierra que forma en su dolor simple ladera de magma visceral de la montaña, donde muere de sed el pedernal oooooooooooooooen el torrente que trisca dulce el pez en la corriente...
Galga de peñascal o simple canto rodado de las playas de granalla, peña fundamental que alza su aguja para enhebrar jirones del ocaso... ooooo recuesta su mole delicada en sustratos de lajas de pizarra: oooocenicienta, labrada y dúctil piedra horadada de lluvias y de ausencias...
Y también esa piedra cristalina que alumbra en las entrañas de los cerros: ooooooocarbunclo, corindón, rubí, zafiro o jacinto, esmeralda... y la turquesa, ooooque nos miden la vanidad humana...
O sus formas opacas: piedra ciega, piedra de alumbre, piedra de amolar, ooooooooooooooopiedra bornera, y aún la simple piedra negra del latino para marca luctuosa, o piedra blanca para gloria del día y del poeta ooooooooooooque en ellas tropezó, o la piedra de Sísifo, en regreso antes de este poema y aún después oooooode su último verso, volvedora...
O la piedra sagrada que acumula la apacheta en las cumbres solitarias, la clavada de sol en los misterios de los ríos secretos, memoriales del lanzón y la clava primordiales, la estela que fue mesa y es la puerta festonada de báculos, serpientes ooofelínicas tascadas y emplumadas...
(O aquella laja plana, la inocente que se mancha de sangre en un ocaso y acaba triturando oooooooootodo este vasto imperio...)
Y la piedra bezoar oooooooque anula los tormentos y la piedra lunar oooooooque trajo el hipogrifo y la piedra basal del edificio y el cálculo que hiere nuestras vísceras o funda con los dedos nuestra ciencia...
Y la piedra rural que corta ombligos, o aquella de la ira, oooooooooola que silba en los aires, o la triple y tiznada de la tullpa... La de golpearse el pecho del hipócrita, la que cae de la mano arrepentida, la de manar las aguas del desierto o la que llora sangre, la cansada...
La de espuma de mar, esa que enciende ooooooel frío del marino en la alta noche y la piedra angular con que sustento oooooola virtud y potencia de una idea... Y aún la del atanor, aquella alquímica ooooooooooooooopiedra filosofal que cambia al hombre en hombre, y la que trae al alma -ya en secreto- la caricia del junco: el chuculungo, oooesa multicolor con la que el padre da calma a la tristeza oooodel hijo rezagado en los arroyos...
Todas ellas, oooooocomo en cita de amor, todas juntas en la unánime forma del paisaje, oooodel de afuera
ooooooooo-y acaso más adentro- sustentando en columnas, en pilares secretos, los cimientos de este mundo errabundo, torbellino trocado en piedra inerte por los cielos, que llamamos amor ooooooooopara sentir que amamos...
Piedra de soledad, mudo recado del que pone su piedra -blanca o negra- para marcar sus días, oooooooooooolindar sus sentimientos, mojonar el dolor, pircar el gozo, honorar el honor, datar la ausencia ooooooooooocon losa sepulcral... y aún la romana y cruel, ooooque lapidaria juzga y ejecuta...
Todas, todas están regidas por la fuerza de la única magia verdadera: il amore che muove oooooooil sole ed l'altre stelle...
¿Y todo lo que es, será y ha sido ooopiedra de amor... ha de tornarse oooen la huidiza arena del olvido...? ooo... ... ... Piedra de amor... arena del olvido? oooo(Para marcar tan frágil episodio ooookaypim sunqullay... huq rumi hinallam...
Tú también eres, oh palma, en este suelo extranjera... Abdurrahman de Córdoba
Desde los antediluvianos y enormes secuoyas alanceados por veloces autopistas en la polvorienta California de fray Junípero Serra, hasta el humilde sauce que saluda el aire de mi jardín, siempre me han seducido los árboles que, con fronda rumorosa, han sombreado remotos días de una infancia que creía hundida en la soledad de caminos jamás transitados por nadie. Plenos de dudas, cargados de consuelo, siempre a punto de decirme algo. Arboles visitados en meditadas, largas caminatas, frescas pascanas de descansado sueño que, de pronto, solían aborregarse en oscuras nubes, lloviendo su ansiedad y desconcierto: ¿Es que esto somos? ¿Para sólo morir hemos nacido?...¿Para sólo morir, morimos tanto?
No fue sino hasta que leí el Tercer diario de Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo, l969) que comprendí el sentido de esas presencias angelicales y recordé también haber leído, sin entender, mecido solamente por su música verbal, el soberbio Libro de la Naturaleza de Vallejo (1937):
Profesor de sollozo -he dicho a un árbol - palo de azogue, tilo rumoreante, a la orilla del Marne, un buen alumno leyendo va en tu naipe, en tu hojarasca, entre el agua evidente y el sol falso, su tres de copas, su caballo de oros. Rector de los capítulos del cielo, ... ... ... Técnico en gritos, árbol consciente, fuerte, fluvial, doble, solar, doble, fanático, conocedor de rosas cardinales,... ... ... ... Oh profesor, de haber tanto ignorado, oh rector, de temblar tanto en el aire, oh técnico, de tanto que te inclinas oh tilo ! oh palo rumoroso junto al Marne !
Y ahora, de pronto, las palabras, los versos, se me abrían como sésamos encantados, y comprendía con claridad meridiana esa invocación, esa letanía propiciatoria que me llevaría al corazón del aire encerrado en la fronda, al rumor de las hojas musitando la secreta cifra del universo, al turbión de la savia circulando en los vasos, a la entraña de esa madera tibia y turgente, y recordé entonces, comprendiendo, el haiku de Ryota (1630):
vuelvo irritado, mas luego en el jardin: el joven sauce...
Dice Arguedas:
El pino de ciento veinte metros de altura que está en el patio de la Casa Reisser y Curioni y que domina todos los horizontes de esta ciudad intensa...llegó a ser mi mejor amigo... A dos metros de su tronco poderoso, renegrido, se oye un ruido, el típico que brota a los pies de estos solitarios...Desde cerca, no se puede ver mucho su altura, sino sólo su majestad y oir ese ruido subterráneo... Le hablé con respeto...Oía su voz, que es la más profunda y cargada de sentido que nunca he escuchado en ninguna otra cosa ni en ninguna otra parte. Un árbol de estos, como el eucalipto de Wayqoalfa de mi pueblo, sabe de cuanto hay debajo de la tierra y en los cielos. Conoce la materia de los astros, de todos los tipos de raíces y aguas, insectos, aves y gusanos; y ese conocimiento se transmite directamente en el sonido que emite su tronco...a manera de música, de sabiduría, de consuelo, de inmortalidad. Si te alejas un poco de estos inmensos solitarios ya es su imagen la que contiene todas esas verdades...meciéndose con la lentitud que la carga del peso de su sabiduría y hermosura...le imprime...Este pino renegrido, el más alto que mis ojos han visto, me recibió con benevolencia y ternura. Derramó sobre mi cabeza feliz toda su sombra y su música...intensa y transparente de sabiduría, de amor, así, tan oníricamente penetrante, de la materia de que todos estamos hechos, y que al contacto de esta sombra se inquieta con punzante regocijo, con totalidad. Yo le hablé a ese gigante.”
De modo que esos eran los músicos, callados contrapuntos que desde antiguo amanecían a mi imaginación! Ahora lo sabía! Y si así les hablábamos...si así nos poníamos bajo su dulce amparo...¿qué secretas consignas, qué callada sabiduría nos entregaban en la penumbra sonorosa de sus ramas?
Arguedas, exilado en Arequipa, ajeno a sus molles y eucaliptos, frente a un pino también lejos de su colonia de coníferas. Vallejo, en insólito ostracismo sobre un afluente del Sena, bajo la sombra mansa de un blanco tilo, lejos de sus Andes maternos. Ryota, huyendo de su propia furia en la ternura de un delicado sauce recién venido ...
¿No será, acaso, que el lenguaje de estas criaturas, lenguaje que supimos y olvidamos, es el lenguaje del desarraigo, de la desolación?
Desarraigados -sin raigambre- y desolados -sin suelo- ¿no somos acaso dignos de compasión? De la infinita pasión en que la sintonía con el universo nos envuelve, nos agita y arrastra? ¿ Cuál otro puede ser el idioma de estos hermanos, de estos broches mayores del sonido?
Abolida la conciencia diurna que nos configura, dándonos la ilusión de ser distintos, separados del ser; esfumada la ingenua posesión de una conciencia única, apartada del ser social y natural en que siempre nos disolvemos como el agua en el agua; acercados a ese ser apenas sensitivo... ¿no somos acaso ese sueño, esa imprecisa madera de la que estamos hechos? ¿No somos esa infinita sed de esencia, de peso y de raíces con que tejemos nuestra ilusión de patria?
Será por eso que pide Octavio Paz, en su Piedra de sol (1964):
Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo, y llega siempre, un caminar tranquilo...
Reconocido escritor chileno que ha publicado, entre sus libros más polémicos, Para leer el Pato Donald (con A. Mattelart), aguda crítica marxista al imaginario de las historietas yanquis en Latinoamérica, hace pública una inesperada confesión del comentario que hiciera a viva voz a JM Arguedas sobre “los zorros”, poco antes del disparo fatal. Dorfman se arrepiente de su soberbia de escritor bisoño en este texto cuya belleza acongoja. VH
'Sin permiso', Santiago de Chile, 18/01/2011*
"Cien años han pasado desde aquel 18 de enero de 1911 en que vino al mundo el fundacional escritor peruano José María Arguedas, un centenario que me permite, por primera vez, confesar que tengo con él una deuda que no acabo de pagar.
Hoy, cuando la especie se encamina hacia el apocalipsis, no hay nadie más vivo que José María Arguedas. Hay otra humanidad posible, la del amor a la naturaleza de la cultura de los Andes. Muchos de los que tuvimos el privilegio y el goce de ser sus amigos tenemos una deuda parecida: este novelista y antropólogo que revolucionó el campo literario latinoamericano y modificó drásticamente la manera en que percibimos a los pueblos originarios del mundo terminó, desesperado y deprimido, suicidándose en Lima a la edad de 68 años -la misma edad que, extrañamente, detento yo ahora que por fin asumo públicamente la culpa personal que me toca en su prematura desaparición-.
Pese a que me llevaba más de tres décadas de ventaja, fuimos entrañables amigos. Gracias a los buenos oficios de Pedro Lastra, y de los Arredondo, la familia chilena de la mujer de José María, pude intimar con él después de haberlo leído con encanto y también con algo de desasosiego ante el abismo de perversidad que revelaba en un Perú que maltrataba y despreciaba a las candentes mayorías indígenas. Tuvimos largas conversaciones, lo escuché cantar huaynos en quechua, lo vi danzar hasta el amanecer, llegué a entrevistarlo varias veces y finalmente produje un ensayo sobre su obra que él refrendó, y esa empatía mía con su literatura y persona lo llevaron a llamarme hermano, parte de la misma lucha por la belleza y la justicia y la verdad.
Apreciaba mis opiniones. No lo digo para vanagloriarme, sino porque es indispensable para asomarse al desenlace de nuestra relación. Apreciaba mis opiniones, repito, y fue por eso que, en octubre de 1969 -¿o puede haber sido en septiembre o a principios de noviembre?- me avisó de que venía a Santiago y que quería verme, “por algo importante”. Lo que le desvelaba, me explicó, cuando finalmente nos encontramos, era su nueva novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, aún inconclusa.
-Necesito saber lo que piensas, Ariel. No se asemeja a nada que haya escrito antes.- Y me pasó un grueso manuscrito, pidiéndome que lo leyera pronto para que pudiéramos conversar antes de su retorno al Perú.
Me pasé los días siguientes, y buena parte de las noches, sumergido en las arenas de ese libro monumental. Mi primera impresión fue de espanto: comenzaba José María por advertir al lector, en un diario de vida que no tenía nada de fingido, que recientemente había tratado de suicidarse. Similares revelaciones sobre su crisis, su incapacidad de seguir escribiendo, se reiteraban en el resto de la novela, cuyo núcleo central, sin embargo, estaba constituido por una ardua y alucinada narración sobre Chimbote. Me sentí atraído -no lo pude evitar- más por el dolor lúcido del amigo fidedigno e histórico que por los personajes que deambulaban por un puerto degradado y a la vez mítico, una insaciable ciudad de pescadores en que figuras legendarias se cruzaban con locos y prostitutas y enviados del imperio y migrantes de la sierra. Si entendía demasiado bien lo que pasaba con mi querido José María, sus hombres y mujeres ficticios carecían, en cambio, de la envergadura emocional de sus escritos anteriores y la prosa en que respiraban me pareció desconcertante, opaca, enmarañada. Algo que siempre me había fascinado de Arguedas era su estilo espléndido, fruto, como su vida misma, de su ser mestizo, su existencia precaria a horcajadas entre dos mundos, el blanco y el indio, forjando en el lenguaje mismo un modelo de cómo la cultura autóctona podía revertir el sentido y flujo de la conquista, podía apoderarse de la palabra. En todos sus libros precedentes había construido una sintaxis deslumbrante, tensionada entre la luz y la oscuridad, la alegría y el desconsuelo, permitiendo que sus lectores se asomaran, sin dejar el castellano, al mundo andino prohibido y ultrajado. Leerlo siempre había sido, por lo tanto, una experiencia inolvidable y única. Pero Arguedas, aparentemente, había llegado a la conclusión de que era una experiencia demasiado cómoda, hasta acomodaticia. Porque en la novela de los zorros abandonaba toda pretensión de que se lo entendiera con claridad, entorpecía ese placer transcultural, había decidido salirse de las fronteras habituales de lo reconocible para un lector sumido, como yo, en la tradición occidental y moderna. Era, para ser franco, una novela quechua y, para mi mala fortuna, me sentí extranjero, dislocado, en ese mundo.
Se lo dije. Haberlo callado hubiera sido más piadoso con un hombre que sufría una depresión psicológica tan catastrófica; más piadoso, sí, pero indigno de él y de nuestra relación basada en la lealtad y la transparencia. Le conté, entonces, durante una larga tarde que pasamos, recuerdo, al interior del auto que mi padre me había prestado para que lo visitara, desmenucé lo que me había conmovido en su obra nueva y también lo que estimaba confuso y enrevesado, aquello que necesitaba -sí, eso es lo que le dije yo, a los 27 años de edad, a este magnífico escritor que había hecho cantar a los ríos y era hermano de las montañas- más trabajo, más coherencia, más organicidad narrativa.
Si le dolió mi opinión, fue demasiado gentil para hacérmelo saber. Dijo que tomaría en cuenta esos comentarios, y que le había dado mucho que pensar. Y nos despedimos con el abrazo de siempre, como si nada.
Unas semanas más tarde, un mes más tarde, más tarde, más tarde, demasiado tarde y demasiado temprano, a fines de noviembre de 1969, me llegó la noticia de que se había disparado un tiro en la sien en la Universidad Agraria de Lima. Recordé algo que me había susurrado en alguna lejana madrugada: “Si no puedo escribir, mejor es no estar vivo”. En efecto, había completado su novela con su propia muerte.
No soy tan arrogante como para pensar que si le hubiera alabado, ay, si le hubiera entendido, su texto, podría haber evitado su sacrificio. Pero de todos modos me reproché entonces y me seguí reprochando durante décadas el hecho de que no me rajé el corazón, no abrí los ojos hasta el cielo, no me desgarré el alma, no salté el despeñadero que nos separaba. No supe estar a la altura de su visión y su amistad, no fui capaz de aceptar con humildad el regalo híbrido y ambicioso y trastornante que me estaba ofreciendo a mí y al mundo.
Pero el centenario de su nacimiento no debería ser ocasión únicamente para expiaciones. Debe ser, ante todo, una celebración, el recuerdo de que su obra y su vida se fundaban en una apuesta primordial: que la cultura de los Andes -imbuida de amor a la naturaleza, moral y estéticamente superior a quienes la sojuzgaban- era capaz de salvar a la humanidad contemporánea presa de un progreso avaro e insensato que se erige sobre la explotación de la tierra y de nuestros semejantes, la apuesta todavía vigente de que hay otra humanidad posible.
¿Hay alguien más vivo que Arguedas hoy? ¿Hay alguien más relevante en este tiempo en que la especie se encamina hacia el apocalipsis? ¿Hay alguien que escribió con más lucimiento y grandeza sobre lo que significa vivir y morir y sobrevivir en nuestra encrucijada inacabable?
Tengo una deuda contigo, José María. Lo que he descubierto, ahora que tengo la edad tuya cuando nos dejaste, es que es también una deuda que tenemos todos, he descubierto que nos toca volver a leer los profundos ríos de tu literatura para rescatarte, esta vez sí, de la muerte que dicen que te devoró". * Cortesía deWilliam Tamayo
En exilio español y lejos de la patria que amó con absoluta singularidad, había muerto el mes de junio del 2004, a los 74 años, el formidable humanista, lingüista y antropólogo Alfredo Torero Fernández de Córdova. Como siempre, la importancia que tiene la magna obra que dejó demorará aún un buen tiempo en ser reconocida aquí, en su tierra. Porque el lingüista y patriota fue ampliamente conocido en las esferas peruanistas en Europa y en América del Norte.
Patricio provinciano de la vega del río Huaura, que reúne las aguas del sagrado nevado Yerupajá, Alfredo Torero nació en la puebla de Huacho en l930. De silenciosa labor en el periodo de su formación en el Perú y luego en Holanda, irrumpió de pronto en 1970 en la mata del pensamiento humanista universitario: había trabajado en profundidad todas las vertientes de la lingüística de la postguerra, sobretodo el estructuralismo de Roman Jakobson y el neocartesianismo de Noam Chomsky, y aplicaba, con finura de análisis, el novísimo instrumento de la glotocronología léxico-estadística de Morris Swadesh.
Escribe así su revolucionario ensayo de una treintena de páginas: Lingüística e historia de la sociedad andina, en el que demuestra con claridad meridiana el origen limeño del quechua, hacia el siglo V dC, formado en los intervalles adyacentes al nudo de Pariaqaqa, en la privincia central de Huarochirí y aledaños. Esta contribución extraordinaria apareció en la compilación El reto del multilingüismo en el Perú, hecha por Alberto Escobar, para el IEP de Lima, en l972. QI central-waywash (el más antiguo: s. V) / QII periférico-wampuna:QII-A yunkay; QII-B norteño; QII-C sureño (reciente; siglo XVI)
Luego, Torero estudia las variaciones dialectales del quechua, dividiéndolo en Q I y Q II, (que corresponden a la clasificación Q B y Q A de Gary Parker, respectivamente) y suelta, por la U. Ricardo Palma, su formidable ensayo El quechua y la historia social andina, en 1974. Son dignas de recuerdo las respetuosas y ricas polémicas con el maestro Maxim Jurth, fonologista germano-suizo que postulaba el origen azuaino (cuencano-ecuatoriano) del quechua.
Desde entonces su trabajo se multiplica: El comercio y la difusión del quechua: el caso de Ecuador (l984), Deslindes lingüísticos en la costa norte peruana, (1987). Lenguas y pueblos altiplánicos en torno al siglo XVI (l987). Añade ahora otros trabajos de gran importancia: Áreas toponímicas e idiomas en la sierra norte peruana (l989), El quechua costeño (1990), Procesos lingüísticos e identificación de dioses en los Andes centrales (1990), La familia lingüística uru-chipaya (1992), Lenguas del nororiente peruano: la hoya de Jaén en el siglo XVI (1993).
Luego de una lamentable pérdida de 600 páginas sobre la lengua muchik en el metro de París, trabaja nuevas fichas. Aparece así La fonología del idioma Mochica en los siglos XVI-XVII (l997). Pero esa pérdida lo había obligado a un cambio de timón y se doctora en la Sorbona con la tesis Le Puquina, la troisième langue général du Pérou , que permanece sin traducir.
Prestigioso profesor universitario, es autor del primer Mapa Lingüístico del Perú. Fue vicerrector de la UNMSM y un fervoroso defensor de los derechos del pueblo. Sufrió el oprobio y la saña del régimen del dictador y criminal Fujimori que lo alejó desde los años 90 del pueblo que tanto defendió y amó. Sus últimos trabajos siguieron siendo de absoluta solvencia: Entre Roma y Lima. El Lexicón Quechua de fray Domingo de Santo Tomás, Madrid, 1997. El primer vocabulario de la lengua aymara de Ludovico Bertonio (1612), Valencia,1999. La lingüística al servicio de la (pre)historia de América. " Mi trabajo de campo ante un medio étnico y social diferente." Lengua “visión del mundo”. "Periodos de la expansión Quechua".Conflictos interétnicos que facilitaron la conquista...
Unió a sus múltiples talentos el arte de la solidaridad, de la que quedamos testigos, y el de la amistad: pronto saldría en México su texto sobre J. M. Arguedas, recordatorio de una relación tan íntima y fecunda.
Sin duda, Alfredo Torero pisó fuerte y bien en este mundo. Dondequiera que estén, han de estar ya conversando este par de zorros, en las nieves de qué Apu, a orillas de qué río interminable como nuestra memoria...
1. Iniciamos el saludo a nuestro José María Arguedas centenario (1911-1969) de la manera más directa y honesta: que brille su vida -con luces y sombras- como las nieves del Sallqantay, que el apu 'tayta Chawala' lo tenga anidado entre sus riscos, al borde de la vida...
* líapiz de Antonio Bonicelli
2. Pero no pertenecemos a esa grey que profesa la biografía idolátrica. Creemos que si se ama a alguien, hay que aceptarlo 'tal como es', sin mediatintas ni borrones para hacer kapaq-kuna de sus virtudes y qunqapa de sus defectos. Aquí no vemos mal su correspondencia con el provocador maestro Julio Cortázar, ni nos molesta la oposición de La utopía arcaica, lectura meramente lineal de la historia social andina, y por tanto de pobres consecuencias, de Vargas Llosa (y que, además, no hemos acabado -los arguedianos- de contestar).
3. Sí acusamos, de una buena vez y a viva voz, la irresponsabilidad de los 'científicos sociales' que, en su hora (1964), fungieron de eunucos de la 'realidad campesina': Favre, con méritos y todo, y sus validos peruanos, a pesar de algún mérito, fueron incapaces de entender la diferencia epistemológica entre literatura y antropología.
4. Sí diremos, de una buena vez, de la sensibilidad exagerada por una 'antigua herida' del propio José María, que le impidió dar la batalla en el campo mismo de las letras y no en la estéril polémica con eruditos a la violeta. Polémica que -para beneficio de los 'académicos'- seguimos reproduciendo, aún cuando la realidad haya migrado a otras formas y que José María, pese a su gran intuición, no midió: les siguió el juego. Y los temas 'indios' y 'campesinos' se siguen tratando al margen de ellos, los actores. Bagua es el gran ejemplo. Sus reinvidicaciones son concretas y su afirmación social es tangible.
5. Cabe inaugurar la vuelta a Arguedas en el mismísimo estilo de Lacan en su relectura de Freud. La obra arguediana es una estructura eslabonada desde una gran ausencia: la comprensión del 'Perú profundo' -que dijo Basadre- y que apenas mereció la anémica acotación de cierto 'filósofo' peruano: "Pero eso es como decir que hay un Perú superficial..."
6. A esa obra nos remitimos. Sólo a la luz de la opera omnia cobrarán sentido y vigencia las anécdotas de y sobre José María que tan alegremente vuelan en boca de los soberbios detentadores del poder sobre la cultura y que ahora secuestran su nombre para adjudicárselo.
7. Proponemos la relectura total de Arguedas, lejos de los 'constructos' de moda. El único constructo válido en este ajedrez peruano es la 'lectura restituida de la historia social andina' que Arguedas urge comunuicarnos. La torpe tesis estalinista del 'lenguaje como espejo de la realidad' está ya desautorizada por la experiencia social del fin de siglo. Una cosa es la ornitología académica que clasifica calandrias con 'puntual taxonomía sistemática' y otra la comprensión abierta de la calandria de la consolación y la de fuego.
"Despidan en mí a un tiempo del Perú cuyas raíces estarán siempre chupando jugo de la tierra para alimentar a los que viven en nuestra patria, en la que cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo puede vivir, feliz, todas las patrias".JM Arguedas
I. Bio-bibliografía
1911. Nace el 18 de enero, en Andahuaylas (Apurímac).
1914. Huérfano de madre -Victoria Altamirano- a los 3 años. Vive en Lucanas, Puquio y Abancay.
1926. Secundaria en Ica.
1928. Secundaria en Huancayo. 17 años. Funda el periódico juvenil Amauta. 1929. Vive en Yauyos (sierra limeña).
1931. ingresa a la UNMSM. 20 años.
1932. Muere su padre, juez de paz. Del 32 al 37 trabaja en el correo postal de Lima.
1935. A los 24 años escribe la primera versión de Warma kuyay y los demás cuentos de Agua.
1936. Funda la revista sanmarquina La palabra.
1937. Va preso al Sexto (un año) por la asonada contra el embajador de la Italia facista. 26 años.
1938. Publica su recopilación Canto Kechwa (bilingüe).
1939. Profesor en Sicuani hasta 1941. 28 años.
1940. Viaja a México.
1941. Inicia Yawar Fiesta. 30 años.
1942. Prof. en el colegio Alfonso Ugarte de Lima. Primer Congreso Interamericano de Patzcuaro (México).
1943. Prof. en el colegio Guadalupe hasta 1948.
1946. Se gradúa como etnólogo por la UNMSM. 35 años. Casa con Celia Bustamante, importante etnógrafa y animadora de la peña artesanal Pancho Fierro.
1947. Curador de Folklore para el ministerio de Educación hasta 1952. Recoge con Francisco Izquierdo Ríos Mitos, leyendas y cuentos peruanos.
1949. Recopila Canciones y cuentos del pueblo quechua. 1950. Dicta etnología y quechua en el Pedagógico Nacional de Varones hasta 1953.
1953. Jefe del Instituto de Estudios Etnológicos del Museo de la Cultura Peruana hasta 1963. 42 años. Cuentos mágicos-realistas y canciones de fiestas tradicionales: valle del Mantaro. 1954.Diamantes y pedernales. 1956. Bachiller en etnología con Puquio: una cultura en proceso de cambio. 46 años.
1957.Estudio etnográfico de la feria de Huancayo / Evolución de las comunidades indígenas. 1958. La UNESCO lo beca para España. Publica Yawar fiesta. 47 años. Rios profundos, novela. El arte popular religioso y la cultura mestiza.
1959. Dicta Introducción a la Etnología en la UNMSM hasta 1968.
1961.El Sexto, novela. 50 años. Cuentos mágico-religiosos de Lucanamarca.
1962. Dicta Lengua quechua en la UN Agraria hasta su muerte. Escribe Tupaq Amaru taytanchisman (a nuestro padre TA), inicio de su único poemario Katátay. Publica el relato La agonía de Rasu-ñiti. 1963. Doctorado: Estudio de dos comunidades de Castilla y El Mantaro y la ciudad de Huancayo. Director de la Casa de la Cultura hasta 1964. A cargo de la revista Cultura y pueblo.
1964.Todas la Sangres, novela. 53 años.
1965. Recopila en San Miguel de Lima el relato oral de Santos Quyutupa Qatakamari Punqup musquynin (Sueño del pongo). Inicia su relación con Sybilla Arredondo. Director del Museo Nacional de Historia hasta 1966. 55 años.
1966. Intento de suicidio. Publica su traducción del manuscrito de Dávila Dioses y hombres de Huarochirí y rec. Poesía quechua.
1967. Casa con Sybilla Arredondo. Publica Amor Mundo y todos los cuentos. 57 años. 1968.Comunidades de España y del Perú.
1969. Se suicida en la UN Agraria el 28 de nov. Muere el 2 de dic. a los 58 años.
1971. Edición póstuma de El zorro de arriba y el zorro de abajo, por Losada, Bs As.
1972.Katátay, poemario bilingüe.
1973.Cuentos olvidados / Indios, señores y mestizos / Formación de una cultura nacional indoamericana, ediciones montevideanas de Ángel Rama.
II. Homenaje debido
Nuestro primer homenaje al amauta JM Arguedas -en pleno centenario- es seguir investigando por cuenta propia. He aquí, un alcance que no tuvo el maestro:
Pareamos la leyenda con el Carnaval de Tambobamba. Cobra así pleno sentido la canción, de drama hasta ahora tan misterioso, más aún cuando se la canta en carnavales. También es conocida como Wiphala, y una de las preferidas de JM Arguedas:
La leyenda del Tuytunki[1] En las alturas de Cotabambas vivía una hermosa campesina de la que estaban enamorados muchos jóvenes, hasta los de las comunidades vecinas.
La pasña les propone una competencia de charango, para elegir al mejor. Un maqta toca una muy hermosa melodía llamada tuytunki[2] que deja prendada a la joven pasña. Lo elige para pretendiente y le propone tres pruebas para aceptarlo.
La primera era subir un cerro y encontrar el paso hacia el valle colindante. La segunda, esperar en la plaza del pueblo de ese valle la noche de luna llena y dejarse conducir por un cóndor a la tercera prueba: cruzar una extensa laguna a caballo [3] cantando y tocando el tuytunki en su charango.
Pasa las primeras pruebas sin dificultad y en pleno vuelo el cóndor le dice: "toma una de mis plumas. Cuando tengas dificultades al cruzar, escribe con la pluma [4] el nombre de tu amada. Así te salvarás de ser devorado por las aguas."
Agradece el maqta, pero cuando en pleno cruce del lago un gran remolino lo envuelve, en su afán de nadar hacia la orilla, olvida escribir el nombre de la amada con la pluma del cóndor.
Arrastrado por las aguas, llega el joven al fondo de la laguna y encuentra una aldea sumergida [5]. Para su sorpresa, el jefe de esta aldea es el padre de su amada. Se entera de que ella vive en tierra cumpliendo un castigo. El charanguista suplica al padre que le permita encontrarse con su hija. Ante la persistente negativa, decide tocar día y noche el tuytunki.
Así habría sonado el Tuytnki
La música convence al padre. Desde entonces, en noches de luna llena, se escucha el charango en las alturas de la laguna, cada vez que los amantes se encuentran.
Tambobambino maqtatas Dizque a un joven tambobambino
yawar-mayu apamun. el turbión del río lo arrastra.
Tambobambino maqtatas Dizque a un joven tambobambino
yawar unu apamun. el agua sangrienta lo arrastra.
Tinyachallanñas tuytuchkan[7].
Dizq' ya sólo su tamborcito está flotando
Qinachallanñas tuytuchkan. Dizq' ya sólo su quenita está flotando.
Birretellanñas tuytuchkan. Dizq' ya sólo su birrete está flotando.
Charangollanñas tuytuchkan*. Dizq' ya sólo su charango está flotando.
Kuyakusqan pasñari Y con su amada pasña
waqayllañas waqasyan* está ya sólo llorando.
wayllukusqan pasñari Y con su querida pasña
llakiyllañas llakisyan. está ya sólo sufriendo.
Ponchitollanta qawaspa. Se contempla sólo su ponchito.
charangollanta qawaspa Se contempla sólo su charango.
Qinachallanta rikuspa Se ve sólo su quenita
Tinyachallanta rikuspa Se ve sólo su taborcito.
Kunturllanñas muyusyan Dizq' ya sólo el cóndor está girando
tambobambino maskaspa (bis)
en busca del tambobambino.
Mana punis tarinchu. Dizq' no lo encuentra
Yawar-mayus chinkachin se pierde en el turbión del río
Mana punis tarinchu Dizq' no lo encuentra
Yawar unus apakun dizq' lo trae el agua de sangre.
Coro:
Wifalitay, wifala/ wífala, wífala, wífala / wifalalayla wifala / wifalitay wifala!.
***
[1] Versión sobre la recopilación de Gloria Avendaño en la revista Wifala, Cuzco 1981.
[2]Tuytuy, ‘flotar, mecer’. Tuytunki, ‘flotas, te meces’.
[3] El caballo desaparece. En el Orlando furioso de Ariosto se cruza los aires sobre un caballo-águila: el hipogrifo.
[4] Interesa la ‘vigencia de la pluma', es decir de la escritura, sugerida por la contigüidad del emplumado cóndor. Así se refuerza la simbología del poder y la jerarquía.
[5] La aldea sumergida es recurrente y una constante de los relatos andinos (cf. Morote Best).
[6] La leyenda de Cotabambas da trasfondo a la grabación del carnaval de Tambobamba, hecha por José María Arguedas en San Miguel de Maranga por el año 1965, de cuya traducción soy responsable..
[7] El cambio del gerundio ayacuchano* –chk- al cuzqueño *–sy- indica que el texto oral pertenece al límite dialectal que corresponde a Andahuaylas.
III.Intermezzo
¿Quién dice que el amor a la vida tiene pasaportes o salvoconductos? ¿Creen Uds. que a José María no le iba a poner supru el corazón este canto de la pampa surandina (sí, ya lo sé, no es folklore, es de Ariel Ramírez & Félix Luna -aunque se retuerza en su tumba el querido maestro Cortázar-)... y todavía en la voz de esta preciosidad?: