Rosalía


Así, pecho a tierra, sobre el anís minúsculo del campo todavía en penumbra, mirando hacia la quebrada, colina abajo, los primeros humos de los fogones de esa madrugada se confundían con el polvillo que las gruesas gotas de una lluvia inminente levantaban frente a mis ojos, retumbando atrás mío, a un lado, al otro, en sordina, como repitiendo para un mundo de duendes el hondo retumbar de un tambor que había latido toda la noche. Enorme y lejano corazón que al rayar el primer sol había apagado lentamente su pulso hasta volverse un silencio largo y solo.

Rezumaba la tierra húmeda y limpia cuando columbré la mancha castaña de los ponchos avanzando entre las retamas del camino que subía hasta donde me encontraba. La lluvia arreció, enturbiando el cristal de la mañana y pronto el valle no fue sino una gasa desdibujada de la que me llegaba, a intervalos, un canto agudo retaceado por los giros del viento que ya venía hacia mí, perfumado de eucaliptos, ya se alejaba, en sordos desplantes, hacia el trigal que doraba, débilmente, el horizonte.

Llegaban ya hacia donde yo estaba las voces, unas agudas, otras en un seco rumor de letanías, cuando alguien en la torre de la capilla inició un diligente doblado de campanas que se mezclaba a las voces en no se qué dormida ululación: por aquíii pasóó señóórantes quel gaallo cantaraaa...lleeeva quiiincemilazoootes yunasooganla gargaanntaaa...

Era un burbujeo de frases bajas, sosteniendo ese canto hacia lo alto de la mañana que iba poniendo discretas luces en las mejillas arreboladas por el aguardiente, en los ponchos castaños, ocres, colorados, y descubría la callana del sahumerio, el rosario de cuentas corroídas o la minúscula copa de vidrio que iba de mano en mano...

Pater si vis transfer cálicemmm istum a meee... Unos labios arcillosos dejaban escapar los latines luego de saborearlos dubitativa, cuidadosamente: veruntamen nnoonn mea volunntasss sed tuua fiiiat... mientras la frase se perdía repetida por las voces que se abrían o cerraban alrededor de un potro blanco desde el cual, ojeroso y aplicado, un jinete vertía el cañazo en un blando rumor de saludos.

Sentí cólera. Me levanté de un salto y corrí sorteando las rocas de la cuesta dispuesto a no dejarla ir. No me importó que la lluvia me empapara. Salté el cerco por un portillo y caí hacia el lado de las gentes que parecían no verme. Increpé con la mirada al Elías. ¿Cómo podía decir sus latines con tanta indolencia, saboreándolos con esa voz nasal, irrespetuosa? ¿Es que ella no le significaba nada?

Me abrí paso hasta donde los hombres, pantalones negros y sacos de bayeta blanca, avanzaban con paso bamboleante con ella sobre sus hombros. El canto agudo de las chinas me laceraba el pecho. Sentí un horrible nudo en la garganta. Para deshacerlo corrí hasta los sauces del sendero y escondí la cara entre las suaves ramas que bajaban hasta la acequia junto al camino y lloraban sus delicadas hojas sobre el agua limpia y murmurante. ¿Qué secretas palabras, para consolar qué penas, murmuraban las aguas? Me incliné lentamente y metí la mano en la fresca linfa. Las sienes eran otro sordo tambor como aquél que había escuchado toda la noche. Me llevé agua a la frente y una tibia frescura me inundó. Una invisible calandria soltó su canto como una limosna. Acariciado por la brisa húmeda me recosté en el tronco áspero y consolador de uno de aquellos sauces.

Miré hacia el cementerio: ya ingresaban los hombres de bayeta blanca entre la mancha castaña y colorada de los ponchos. Uno que otro sombrero se levantaba sobre la muchedumbre en la señal angustiosa del adiós. Habían enmudecido las cantoras. Sólo la voz monocorde del Elías resonaba sus encantamientos como un vuelo de abejas.

Volví a cobrar fuerzas y corrí, esta vez buscando con la mirada por donde entrar. Trepé la pequeña tapia protegida con rotas tejas y de un salto me coloqué delante del cortejo. Mi corazón ya era una piedra más.

Avancé hasta el centro del camposanto y vi la enorme cruz de piedra que marcaba la tumba de los fieles mayordomos y caciques de la comarca. Un musgo suave y oscuro la afelpaba en su base y se rompía en celestes retazos de líquenes. Hacia arriba, anaranjadas ampollas de óxido se dispersaban hasta el labrado superior. Al pie de ella habían cavado ya la fosa, como una enorme boca mendicante.

Entonces volvió a arreciar el aguacero. Los cantos se soltaron de nuevo como palomas de angustia. Volví la vista atrás: colocaban el ataúd sobre dos reatas de cuero, mientras terminaban de cavar la sepultura. Me acerqué y miré: más alta que dos hombres, estaba anegada hasta sus tobillos y tenían que desecarla con gruesos puñados de tierra y de sal gruesa.

Iniciaron el descenso. Los latines se hicieron más altos en el viento y la lluvia mojaba las caras desencajadas y ojerosas. Alguien se desmayó.

Cogí a dos manos la tierra fría y lodosa, más desnuda que nunca, y la tiré con rabia, con ternura, sobre la breve tapa de eucalipto de la caja. Mientras los demás me imitaban, caminé hasta un sauce en la esquina del cementerio por el que se hacía muy fácil saltar afuera. Cogiéndome de sus ramas me deslicé hacia la quebrada cuyas aguas ya crecían turbias y rugientes.

Miré al cielo aborregado, con sus grises lejanos. Sin mi padre cerca, sin su enseñadora presencia, yo no pertenecía del todo a ese abigarrado mundo de tierra y piedra de los indios.

Desconocedor feliz de la muerte, había dejado mi infancia oxidarse al sol ingenuo de potreros infinitos, donde no hay un otoño sin rebrote, ni una sola sementera sin retoño. Donde cielos inacabables regresan con sus luces día a día, poniendo en el corazón la semilla de una esperanza acaso fingida pero viva en cada gémula, en cada helecho fresco, en cada vagido nuevo.

Quizás por eso Rosalía, la india que me había criado, me trataba con la misma ternura que daba a los becerros y potrillos. Quizás por eso, Rosalía repetía, como los ríos repiten los celajes, el amor entristecido de mi madre.

No acababa de ser mi mundo, y sin embargo sentía esa su muerte tan mía. Tan mi primera muerte. Golpeado el pecho por ese misterio tan de cerca, yo no supe que hacer. Caminé, entonces, a la colina más cercana y me tendí.

Así, pecho a tierra, sobre el anís minúsculo del campo, miré hacia el otro lado de la quebrada. Gruesas gotas de otro cielo más dolido y sombrío me mojaron el rostro sucio de polvo y barro.


* Óleo: Aquiles Ralli

Víctor Hugo Velázquez Cabrera
Revista Caretas
Octubre, l996