Ascuas

Honda penumbra que se cuela por todos los lados de la tarde. Pasillo de baldosas imprecisas apurado de barandas, portales, dinteles, vigas, rápidamente presentidos, y allí, en el fondo del fondo, ese olor acre de muro recién encalado que avanza su tibia blancura amortiguada contra la tenue línea de sus hombros, su talle, su figura. Allí, ese perfil preciso jugando con las sombras en sesgadas tintas, que te empecinas en desconocer, sólo para apretar más el placer de descubrirla.

Allí tu fingido descuido, tu sorpresa en sordina, tu encandilado no saber, no querer. Por fin, el roce de los dedos. Por fin la seda de las yemas. Has esperado tanto este momento, y ahora te estiras, te atrasas de ti mismo, te esfuerzas en resentir esa penumbra que te va deslizando y te empuja hacia ella.

Recuerdas otra penumbra entonces, mágica, densa, disuelta en rededor tuyo. No era este apurado ceñirse contra un cuerpo, unos labios. Era más bien ese cargado tinte de ceniza olorosa con su punto de luz microscópicamente cereza esperándote al fondo de una nave mayor en alguna capilla de Semana Santa. Tintineaba en los techos una fina llovizna y las beatas ululaban sus rezos con bocas cavernosas. Traqueteaba entonces el sacristán su sonaja anunciando la muerte de Cristo y tú buscando ofuscado el roce ¨casual¨ con sus tobillos, tanteando las losetas hasta tocar unos talones turgentes y escondidos en miedosa actitud de fingida caída.

“Ya es hora de partir” - una voz, y tú: “No parto sin mirarla”, y era otra vez ese apurado tintineo de espuelas contra las gradas de piedras salpicadas de lluvia. Y eran nada en tus tardes los hierros, los relinchos, los cueros, los aperos, los hábiles esguinces, los alardes para que ella te vea.

“No parto sin mirarla”, te decías, y no obstante, no estabas para aceptar que era su mirada, la de ella, lo que tú más buscabas, esa mirada larga, densamente sesgada, desganada, que te daba escozor y te paralizaba sujetándote por la nuca....En ese entonces, cuando todavía no te enseñabas a la gente, cuando creías que un olor a caballo y a eucalipto bastaban para darte ese porte de hombre, ese tono de macho que te esforzabas en lucir tan distraídamente:

sobre del suelo la palma
sobre de la palma el cielo,
sobre mi caballo yo,
sobre de yo mi sombrero....

cantabas, haciéndote el cazurro, tú, la guitarra hacia el pecho palangana, y todo para qué, ya tú ves: para estar ahora rogando hecho un gafo, con la lengua mordida, buscando que tocarla con los ojos, pidiendo en tus adentros que te mire, que te atisbe siquiera, que te brillen sus ojos con la seña, que sus hombros se quiebren en ese no sé qué para saberte visto, mirado, señalado, aunque fuera sólo como un perro, como uno más de su rebaño. Cuánto dieras ¿verdad?. Qué no dieras, di tú, para perder ya mismo tus posturas, tus adefesios de cuero, de hierro, tus gualdrapas, y poder presentarte desnudo ante sus ojos, en esa blandísima frescura del fondo del fondo de esa penumbra que se cuela por todos los lados de la tarde.
Víctor Hugo Velázquez Cabrera, 2003